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TERAPIA TRANSGENERACIONAL

¿Qué es eso de lo transgeneracional?

Seguro que has oído hablar de que arrastramos cosas de nuestros antepasados sin saberlo. A eso se le llama transgeneracional, o también herencia emocional. La idea de fondo es sencilla: aquellos problemas que nuestros ancestros no pudieron resolver, de alguna manera, nos llegan a nosotros. No es que lo hagan con mala intención, sino todo lo contrario. Es como si esas experiencias difíciles dejaran una marca, una especie de alerta en el ADN, para que los que venimos después estemos más preparados y podamos sobrevivir a situaciones parecidas.

Pongamos un ejemplo. Imagina que tú tienes problemas para estar en una relación de pareja. Puede que, sin saberlo, tu abuela viviera un matrimonio con infidelidades o maltrato. Ella, por las circunstancias que fueran, no pudo hacer nada para cambiarlo, y sin querer, transmitió a las siguientes generaciones esa desconfianza hacia los hombres. Sucede en todas las familias, porque en todas ha habido historias difíciles, momentos que se quedaron sin cerrar y que, sin darnos cuenta, forman parte de nuestro legado.

Son como historias familiares que vivieron nuestros mayores como un bloqueo, algo que les impidió ser felices. Y esas vivencias se convierten en una especie de lección que se pasa de unos a otros, aunque a veces la forma de “aprenderla” no sea la más acertada.

Estas historias suelen reaparecer en la familia de dos maneras: repitiéndolas o intentando compensarlas.

Vamos a verlo con otro ejemplo. Supón que tu abuelo materno lo perdió todo por culpa del juego.

  • La repetición: sería que tu hermano también se vuelve adicto al juego y acaba perdiendo la herencia familiar.
  • La compensación: sería que tu tío materno, quizás, se hace banquero para amasar una gran fortuna, o abogado para proteger el patrimonio de la familia.

La repetición es más evidente. La compensación, en cambio, es más sutil: es un intento inconsciente de reparar lo que otro no pudo conseguir.

De una forma u otra, la persona queda marcada por esa historia familiar mientras no sea consciente de ella. Por eso a veces se habla también de “mandatos familiares”.

¿Y de dónde salen estos mandatos?

Pueden tener un origen muy variado: abortos no superados, agresiones sexuales, emigraciones forzosas que rompieron la familia, adicciones, muertes trágicas, temas de los que no se podía hablar, dificultades para prosperar social o económicamente, infidelidades, pérdidas de patrimonio… cualquier cosa que dejara una herida profunda.

Pero, ¿por qué demonios repetimos estos patrones?

Pues por una cuestión de lealtad a la familia. Y lo más curioso es que es una lealtad de la que ni siquiera somos conscientes. Si no nos paramos a mirarlo, seguir esas lealtades invisibles nos impide vivir nuestra propia vida. Nos convertimos, sin saberlo, en la voz de algún antepasado que no pudo encontrar la paz, que no pudo integrar lo que le pasó. Sobre todo si esa vivencia estuvo llena de sufrimiento, de resignación o de silencio. Porque antes, la cultura mandaba callar las cosas malas y aguantarse.

Y cuando esas historias se silencian dentro de la familia, se convierten en secretos familiares. Y resulta que tener un secreto en casa genera mucha tensión. Tanto, que tarde o temprano acaba explotando, pero de una manera poco sana, manifestándose a través de problemas o dolores en algún descendiente.

Lo paradójico es que, al revés, cuando ese secreto sale a la luz, se habla y se acoge, pierde su poder como mandato y se rompe esa lealtad inconsciente que nos ataba.

¿Y para qué sirve la terapia transgeneracional?

La gente que viene a este tipo de terapia suele sentir una limitación que no termina de entender, porque siente que ese problema no le pertenece del todo. Lo que ocurre es que, a través de sus síntomas, está reviviendo el conflicto de un antepasado, ya sea repitiéndolo o compensándolo.

A veces es muy directo: alguien es alcohólico porque tuvo un familiar que también lo fue. Otras veces es más sutil: quizás tu padre tuvo que cambiar de casa mil veces por problemas de dinero, y tú, aunque tengas estabilidad económica, también te cambias de casa continuamente porque acumulas separaciones de pareja.

La terapia transgeneracional lo que hace es unir esos pedacitos de la historia familiar para que todo cobre sentido y, al fin, podamos sentirnos más en paz. Porque solo cuando somos conscientes de lo que pasó, y aceptamos que no podemos cambiarlo, dejamos de estar anclados a esa lealtad inconsciente y empezamos a actuar de otra manera, más libres.

Entonces, ¿cómo se sana esto?

Más que de “sanar”, hablamos de trascender. Se trata de conectar de forma sana con el destino de los que vinieron antes para poder darle un sentido pleno a nuestra propia vida.

En la terapia usamos una herramienta muy visual: el árbol transgeneracional o árbol genealógico. Sirve para mirar de otra manera a nuestra familia, descubrir esos secretos y esas lealtades ocultas. Y ser consciente de que existe un conflicto que se repite es el primer paso para liberarnos de ese peso que nos limita. Para, al final, poder ser quienes realmente queremos ser.

¿Qué hace especial a esta terapia?

Lo bonito del enfoque transgeneracional es que no nos ve como individuos aislados, sino como parte de algo más grande: nuestra familia, nuestro sistema. La idea es que, de algún modo, sanando la historia familiar nos sanamos a nosotros mismos. Y que tomar conciencia de ese sistema nos da el poder para tomar las riendas de nuestra vida.

Además, es una terapia que mira hacia adelante. Porque cuando nos liberamos de esas ataduras, cuando rompemos con los mandatos y los secretos, no solo nos ayudamos a nosotros mismos, sino que también “limpiamos” el camino para las generaciones que vienen. Es un regalo que les hacemos a nuestros hijos.

¿Y cómo se transmite esto? ¿Tiene alguna base científica?

Aquí es donde entra algo fascinante: la epigenética. Hasta hace no mucho, se pensaba que solo heredábamos los genes. Pero hoy sabemos que el entorno, el estrés, la nutrición, también influyen en cómo se expresan esos genes. Es decir, podemos heredar las “marcas” que dejaron las experiencias de nuestros antepasados, sin que el ADN cambie.

Por ejemplo, el profesor Marcus Pembrey, del University College de Londres, descubrió que un mismo gen defectuoso podía causar enfermedades distintas dependiendo de si se heredaba de la madre o del padre. Esto cambia la visión de que los genes son un destino fijo. Más bien, los genes tienen una especie de “interruptor de memoria” que se activa o desactiva con las experiencias y puede pasar así de generación en generación.

En resumen: los traumas de nuestros ancestros pueden influir en cómo respondemos al estrés o a los conflictos, aunque nosotros no hayamos vivido esas experiencias directamente.

Y aquí entran los secretos de familia

Hoy sabemos que hablar de las cosas es sano, pero sigue siendo difícil. ¿Quién no ha dicho alguna vez “bien, bien” cuando le preguntan qué tal y no lo está? ¿Quién no ha puesto alguna excusa para no ir al psicólogo?

Si ahora cuesta, imagina hace unas décadas, cuando la norma era sufrir en silencio y además sentirse avergonzado por ello. Por eso en cada familia hay secretos. En cada árbol genealógico hay historias que se guardaron en un cajón y se fueron llenando de polvo: un adulterio, un hijo fuera del matrimonio, un familiar con problemas graves de alcohol, una muerte violenta…

El problema es que, por mucho que se escondan, esos traumas siempre acaban reapareciendo. Alguien, sin querer, abre el cajón. Y algún miembro de la familia, en la siguiente generación, revive el conflicto, dándole continuidad a esa herida que nunca se cerró.